Bueno, es hora de hacer otro paréntesis en el blog.
Es que sigo recibiendo mails y comentarios preguntándome como estoy por lo del accidente, si viajo en tren, cómo me siento, etc.
Así que, si bien se sale un poco de lo que suelo escribir normalmente, me voy a tomar un respiro y contarles seriamente como ando, porque siento que se los debo.
Las semanas siguientes al accidente fue todo bastante difícil. La primera vez que volví a Once después de lo que pasó, tuve un ataque de pánico en la estación al ver que el tren aún seguía ahí. No me lo esperaba.
Me ayudaron dos policías.
Y todo siguió así. Ataques de pánico porque sí en la calle, en mi casa, en el trabajo. La pasé bastante mal. Por ahí estaba en el colectivo y de golpe sentía que el corazón me pinchaba... y me daba cuenta de que estaba pensando en el tren, en el accidente, en los muertos, y eso me causaba ese dolor.
Estuve haciendo terapia, pero sentía que no sabía por donde trabajar para sacar el sufrimiento.
Hace unas semanas, estaba haciendo zapping en la tele. Y paso por un canal de noticias en el que decían que iban a hacer un santuario por las víctimas en los molinetes de Once. Y volví a sentir esa horrenda sensación de muerte inminente, mi ataque de pánico fue tan fuerte que se me reventaba el estómago del dolor, vomité y tuve que llamar al médico quien me dió un par de días de licencia en el laburo.
El día que tuve que volver a Once después de eso, fue bastante duro también.
Sabía que tenía que pasar por el santuario para enfrentar de una vez por todas lo que me estaba pasando.
Bajé del tren y ví que en los molinetes había un pequeño cementerio con corazones de madera en lugar de lápidas. Y me acerqué, aunque no quería. Me tuve que esforzar para dar cada paso hacia ese lugar.
Cuando estuve cerca, me puse a llorar mirando los corazones con los nombres de las víctimas, las cartas, las fotos, las flores.
Me pareció todo tan injusto.
Pero algo cambió. Antes sentía que una nube negra me envolvía y me obligaba a llorar. Ahora sentía que YO era la que estaba llorando.
En un momento me sentí débil y me senté en el suelo. Miraba las fotos, y pensaba en la injusticia, en la arbitrariedad, y en el "¿qué hubiese pasado si mi foto estuviera colgada ahí también?".
Y ahí no sé qué pasó, pero cambió todo. Fue como si me hubiese visto desde afuera, sentada al lado de los muertos. Y yo no estaba muerta, ¿por qué estaba sentada ahí? Ese lugar no me corresponde, yo no pertenezco a ellos. Sentí un tremendo abismo entre ellos y yo. No sé como explicarlo. Me ví viva. Los ví muertos. Entendí que no me pasó nada. No es que yo no supiera que no estaba muerta, pero es como si mi alma no lo entendiera. Y ahí lo entendió.
Y sentí la injusticia, y la tristeza y todo, pero no la sentí en carne propia. No sé si me estoy explicando, fue una sensación rara.
Estuve ahí y hoy estoy acá. Y tengo tanto por que vivir.
Entonces me levanté, y tiré mi pañuelo lleno de lágrimas al tacho de basura. Y ahí tiré el problema.
Todavía me duele lo que pasó, pero ya no me lastima como antes.
Mi terapeuta dice que cuando el día del accidente me fui a trabajar, se fue mi cuerpo. Pero mi alma aún estaba en el andén 2 de la estación.
Y ese día me senté allí, y no me fui hasta que la recuperé.
Ahora la pregunta de "¿y qué hubiese pasado si..:?" tiene una respuesta: "no pasó". "Bueno, pero y si...?" "'Pero y si' nada, no pasó".
Así que hoy sí puedo decir con toda certeza: Estoy bien, gracias por preguntar.
PD: A todo esto, mientras estaba sentada en el andén llorando, se acerca una señora y me dice "vos debés ser familiar, ¿no?" "No" le digo "yo iba en ese tren". La vieja abrió enormemente los ojos y se fue.
Unas horas después me mataba de la risa pensando en el episodio, ¿habrá pensado que era un fantasma?
27/4/12
20/4/12
Los que corren
Si hay algo imposible de perderse en la Ciudad, eso es "Los que corren".
Siempre, pero siempre hay alguien corriendo en algún punto de la Ciudad. Y no por placer, no. Generalmente es para alcanzar un colectivo.
Parecerán todos iguales: cara de desesperación, lengua afuera, ojos fijos en el objetivo. Pero entre todos puedo distinguir a estos:
Siempre, pero siempre hay alguien corriendo en algún punto de la Ciudad. Y no por placer, no. Generalmente es para alcanzar un colectivo.
Parecerán todos iguales: cara de desesperación, lengua afuera, ojos fijos en el objetivo. Pero entre todos puedo distinguir a estos:
- La señora que corre despacito, casi trotando, apenas levantando los pies. Con sus puñitos para arriba y los codos pegados a las costillas.
- El pibe-gacela que en un momento mientras corre no toca el suelo con ninguno de sus dos pies, y sólo se sabe que está corriendo porque vemos una sombra pasar rápido y sentimos un vientito que desaparece pronto.
- El señor de traje que corre sin separar sus rodillas ni mover su maletín un segundo, y cada tanto se acomoda la corbata que vuela en dirección opuesta a él anhelando su libertad.
- El cincuentón de clase baja que pone los brazos como le enseñaron en Fútbol a los 11 años y trota con cara de preocupación y emana un olor a chivo que destruye los árboles a su paso.
- La chica que alza su puño izquierdo mientras que su mano derecha sostiene su cartera y corre sin levantar las rodillas, con sus tacos que hacen "clank, clank, clank, clank" y sus miles de pulseras que entonan una serenata de metales.
- La señora que amaga a correr, pero se detiene porque no cree alcanzarlo, que luego se arrepiente y vuelve a amagar que corre pero se arrepiente, que ve que el colectivo le paró a una chica entonces amaga a correr pero al final se arrepiente.
- El pibe que empieza a correr demasiado tarde y el colectivo lo abandona, entonces se puede leer en sus labios un "CHA T'MADRE!!!"
- El que empieza a correr desde muy lejos y sabemos que probablemente no llegue y lo alentamos secretamente, aunque más secretamente aún, deseamos que no lo alcance para poder ver cómo es su cara de resignación.
- El tipo que corre pero tiene miedo de perder su dignidad, entonces hace un pseudo-trote muy lento mientras se balancea de izquierda a derecha, dando la sensación de una corrida renga.
- La idiota que corre desesperada escupiendo sus pulmones por la vereda, llega al colectivo, paga mientras suda la milanesa que se comió ayer, sus recuerdos y esperanzas, y se sienta empapando el asiento mientras trata de recuperar el aliento que perdió en esa media cuadra que corrió, sólo para darse cuenta de que al colectivo le toma 15 o 20 minutos salir y que haber corrido tenía menos sentido que correr el test de Cooper en la secundaria.
a las
9:36
28/3/12
Imbécil
Tengo un problema.
Bah, tengo varios, pero me di cuenta de que este es uno de los peores.
Soy una imbécil.
No sé si siempre lo fui, pero ultimamente noto que el cerebro se me apaga y me vuelvo una marsopa con sobredosis. Hay veces que estoy viviendo la vida normal y de golpe, la imbecilidad me gana y me encuentro haciendo algo que es tan idiota que sobrepasa a todos los que escuchan cumbia en el tren sin auriculares.
Por ejemplo: muchas veces me duermo en el tren o en el colectivo. Y muchas de esas veces, me despierto primero con los ojos cerrados y cuando mas o menos percibo bien la realidad, abro los ojos y veo por donde cuernos ando.
Pero hay veces que me despierto con un ruido horrible, como el alarido de un oso gris sediento de sangre. Y me doy cuenta de que soy yo. Yo, me desperté a mí misma con mi propio ronquido.
Entonces Imbecilidad se me acerca y me susurra instrucciones al oido, y yo le hago caso. Entonces me hago la que estoy pero recontra dormida y me acomodo de una manera bien incómoda para que todos vean que si estoy en una posición re incómoda debe ser porque estoy muy cansada porque me levanto muy temprano y trabajo hasta tarde y en este momento estoy yendo a mi tercer trabajo, y mientras pienso todo esto e invento toda una historia de como no me alcanza para comer entonces laburo 23 horas diarias (para que el personaje sea creible), mi cara se va poniendo cada vez más colorada y aunque estemos en Julio y hagan 20 grados bajo cero yo empiezo a transpirar por la vergüenza que me da, y la imbecilidad me dice "no te pongas nerviosa!! que se nota que roncaste porque sos humano y estás cansada!! pensá en cosas lindas!! pensá en gatitos!! gatitos!! gatitos!!" y entonces pienso en gatitos y siento que mis párpados se mueven mucho porque me imagino a los gatitos saltando, y la imbecilidad me dice "Noo, nooo, no muevas los párpados que se nota que estás despierta... estás dormida, DORMIDA!" y entonces aprieto los párpados bien fuerte y se me arrugan todos mientras siento sobre ellas las gotas de sudor que me chorrean. Entonces 10 minutos después hago como que recién me despierto y que no me enteré de mi ronquido.
Peor es si lo que me despierta es baba.
Otras veces tengo que ir a un lugar de capital que no conozco, entonces miro más o menos el mapa y me voy guiándome por los instintos, porque los capitalienses tienen la posta y yo quiero hace de cuenta que soy una capitaliense.
Pero por ahí me doy cuenta de que empecé a caminar en la esquina 1200, estoy por el 800 y yo tenía que ir al 1400. Entonces mi imbecilidad viene y me dice "ay, no, es para el otro lado. Bueno, hacé así..." y me susurra la solución al oido, y yo que soy una imbécil, le hago caso y agarro el celular, hago como que recibí un mensaje de texto y cuando "termino de leerlo" suspiro fastidiada y me doy la vuelta y camino para el otro lado con cara de molesta, para que la gente crea que alguien me escribió que me olvidé la billetera, o que mis amigos que me estaban esperando en otro lado decidieron que nos viéramos en la casa de otro, o que me dijeron "mejor no vamos" entonces vuelvo a casa. Mi imbecilidad se siente satisfecha porque ahora nadie se va a dar cuenta de que me confundí de camino y se siente una triunfadora.
Otra cosa que me pasa es hacer contacto visual con alguien sin querer. Me doy cuenta de que estaba mirando fijamente a esa persona durante bastante tiempo y la persona justo me miró. Entonces mi imbecilidad, tomando una caipirinha me dice que agarre y me ponga a mirar muchas cosas fijamente, así la persona se da cuenta de que yo "estoy mirando todo". Entonces agarro y miro cosas de lo menos interesantes y las observo fijamente durante varios minutos. Mi imbecilidad se siente orgullosa de mí y me regala flores por mi excelente actuación.
También tengo una imbecilidad más chiquita que está siempre conmigo y mis amigos la llaman "frescura excéntrica".
Por ejemplo, me encanta jugar a varias cosas cuando viajo: de que lado va a abrir la puerta del tren en Moreno, cuántos muñequitos Michelín sentados encuentro en la autopista, contar viejas con pelo largo... y tengo uno que es hacer sonidos para las patentes de los autos.
Desde el colectivo vi una patente que era "CAJ" y entonces alcé mi mano al cielo con forma de garra y tratando de imitar el sonido de la placa, dije como si estuviera hablando en hebreo "KAJJJJJ".
La vieja de pelo corto que estaba sentada al lado mío se levantó y se sentó en otro lado.
No me molesta mi imbecilidad, porque está bien ser un idiota.
¡Pero que la gente no se vaya a enterar!
Bah, tengo varios, pero me di cuenta de que este es uno de los peores.
Soy una imbécil.
No sé si siempre lo fui, pero ultimamente noto que el cerebro se me apaga y me vuelvo una marsopa con sobredosis. Hay veces que estoy viviendo la vida normal y de golpe, la imbecilidad me gana y me encuentro haciendo algo que es tan idiota que sobrepasa a todos los que escuchan cumbia en el tren sin auriculares.
Por ejemplo: muchas veces me duermo en el tren o en el colectivo. Y muchas de esas veces, me despierto primero con los ojos cerrados y cuando mas o menos percibo bien la realidad, abro los ojos y veo por donde cuernos ando.
Pero hay veces que me despierto con un ruido horrible, como el alarido de un oso gris sediento de sangre. Y me doy cuenta de que soy yo. Yo, me desperté a mí misma con mi propio ronquido.
Entonces Imbecilidad se me acerca y me susurra instrucciones al oido, y yo le hago caso. Entonces me hago la que estoy pero recontra dormida y me acomodo de una manera bien incómoda para que todos vean que si estoy en una posición re incómoda debe ser porque estoy muy cansada porque me levanto muy temprano y trabajo hasta tarde y en este momento estoy yendo a mi tercer trabajo, y mientras pienso todo esto e invento toda una historia de como no me alcanza para comer entonces laburo 23 horas diarias (para que el personaje sea creible), mi cara se va poniendo cada vez más colorada y aunque estemos en Julio y hagan 20 grados bajo cero yo empiezo a transpirar por la vergüenza que me da, y la imbecilidad me dice "no te pongas nerviosa!! que se nota que roncaste porque sos humano y estás cansada!! pensá en cosas lindas!! pensá en gatitos!! gatitos!! gatitos!!" y entonces pienso en gatitos y siento que mis párpados se mueven mucho porque me imagino a los gatitos saltando, y la imbecilidad me dice "Noo, nooo, no muevas los párpados que se nota que estás despierta... estás dormida, DORMIDA!" y entonces aprieto los párpados bien fuerte y se me arrugan todos mientras siento sobre ellas las gotas de sudor que me chorrean. Entonces 10 minutos después hago como que recién me despierto y que no me enteré de mi ronquido.
Peor es si lo que me despierta es baba.
Otras veces tengo que ir a un lugar de capital que no conozco, entonces miro más o menos el mapa y me voy guiándome por los instintos, porque los capitalienses tienen la posta y yo quiero hace de cuenta que soy una capitaliense.
Pero por ahí me doy cuenta de que empecé a caminar en la esquina 1200, estoy por el 800 y yo tenía que ir al 1400. Entonces mi imbecilidad viene y me dice "ay, no, es para el otro lado. Bueno, hacé así..." y me susurra la solución al oido, y yo que soy una imbécil, le hago caso y agarro el celular, hago como que recibí un mensaje de texto y cuando "termino de leerlo" suspiro fastidiada y me doy la vuelta y camino para el otro lado con cara de molesta, para que la gente crea que alguien me escribió que me olvidé la billetera, o que mis amigos que me estaban esperando en otro lado decidieron que nos viéramos en la casa de otro, o que me dijeron "mejor no vamos" entonces vuelvo a casa. Mi imbecilidad se siente satisfecha porque ahora nadie se va a dar cuenta de que me confundí de camino y se siente una triunfadora.
Otra cosa que me pasa es hacer contacto visual con alguien sin querer. Me doy cuenta de que estaba mirando fijamente a esa persona durante bastante tiempo y la persona justo me miró. Entonces mi imbecilidad, tomando una caipirinha me dice que agarre y me ponga a mirar muchas cosas fijamente, así la persona se da cuenta de que yo "estoy mirando todo". Entonces agarro y miro cosas de lo menos interesantes y las observo fijamente durante varios minutos. Mi imbecilidad se siente orgullosa de mí y me regala flores por mi excelente actuación.
También tengo una imbecilidad más chiquita que está siempre conmigo y mis amigos la llaman "frescura excéntrica".
Por ejemplo, me encanta jugar a varias cosas cuando viajo: de que lado va a abrir la puerta del tren en Moreno, cuántos muñequitos Michelín sentados encuentro en la autopista, contar viejas con pelo largo... y tengo uno que es hacer sonidos para las patentes de los autos.
Desde el colectivo vi una patente que era "CAJ" y entonces alcé mi mano al cielo con forma de garra y tratando de imitar el sonido de la placa, dije como si estuviera hablando en hebreo "KAJJJJJ".
La vieja de pelo corto que estaba sentada al lado mío se levantó y se sentó en otro lado.
No me molesta mi imbecilidad, porque está bien ser un idiota.
¡Pero que la gente no se vaya a enterar!
a las
10:29
13/3/12
Basura II
La gente en la Ciudad se divide en dos: aquellos que son amables, respetuosos e inteligentes y los que tiran basura en el piso.
Porque no es sólo basura: es una postura filosófica. Estar con un papel de alfajor en la mano es un dilema moral. Lo maravilloso, dulce e intenso terminó, ya no está más y sólo nos queda el leve recuerdo delicioso entre algunas de nuestras muelas.
Lo que tenemos en la mano, entonces, es el obstáculo, aquello que tan sólo nos molesta y que no está diseñado para satisfacernos.
Para el desconsiderado y egoísta, la solución es fácil: lo tira al piso, lo esconde entre los asientos del colectivo o abre la ventanilla y que vuele libre por la calle.
La postura de nosotros, los respetuosos, es que si te comprás un alfajor te estás haciendo cargo de las dos cosas: del alfajor propiamente dicho, y del papelito de porquería. Cuando elegís comprar el afajor, sabés que hay algo bueno y algo malo, y tenés que elegir tomar ambas y tirar el papel a la basura, o no elegir ninguna y no comprarte el maldito alfajor.
El cochino siente que sólo compra lo bueno, y que el papel es algo que no cuenta, que no compró. Así que lo tira a la calle y cree ilusamente que su problema desapareció, que la basura se desintegró y se fue al cielo con Ravi Shankar. El problema que solía tener en la mano, pasa a ser el problema del mundo, y él que -cree- no forma parte del mundo, tiene todo solucionado y se va con la conciencia tranquila a la casa donde reta a uno de sus hijos porque tiene la habitación desordenada.
El problema, entonces, nos cae a nosotros, los respetuosos. Convivimos con la mugre que queda impunemente en la calle, quien espera que algún transeúnte la patee entretenido hasta la casa. Tan sólo por ser respetuosos, tenemos que habitar un mundo que está lleno de rechazos de gente que ni siquiera nos considera.
Por cada tacho de basura, hay una persona respetuosa. Por cada papel en la calle, un cochino.
Es probable que hayan más papeles que tachos, y también es muy problable que hayan más papeles en los tachos que papeles en la calle. Pero los de la calle son más evidentes.
Porque los respetuosos actuamos en las sombras, tratando de que la vida se vea mejor sin que los demás sepan que el secreto está escondido en nuestras mochilas y bolsillos, llenos de papelitos que no pudimos tirar por no encontrar tacho.
Por eso los respetuosos pensamos que estamos solos y que somos los únicos. Porque hacemos todo a escondidas y en secreto, como si fuésemos magos que no revelan el truco. Porque a nosotros nos gusta que los demás piensen que la vida es así, felíz, limpia y hermosa y que no conlleva ningún esfuerzo.
Quizás deberíamos construir una isla de basura con todos los papelitos que tenemos en los bolsillos y exiliar a los cochinos a ella, como una nueva Siberia. Y que tengan parques de basura, casas de basura, perros de basura y centros odontológicos de basura.
Y se van a quejar de la basura mientras escupen en el piso. Van a decir "no merezco vivir entre basura proque YO PAGO MIS IMPUESTOS!" y van a hacer piquetes en medio de las avenidas principales gritando "justicia, justicia, justicia!".
Y tienen razón, ellos no merecen vivir entre la basura que ellos mismos tiran.
Nosotros sí, porque nosotros al parecer, no pagamos impuestos.
Porque no es sólo basura: es una postura filosófica. Estar con un papel de alfajor en la mano es un dilema moral. Lo maravilloso, dulce e intenso terminó, ya no está más y sólo nos queda el leve recuerdo delicioso entre algunas de nuestras muelas.
Lo que tenemos en la mano, entonces, es el obstáculo, aquello que tan sólo nos molesta y que no está diseñado para satisfacernos.
Para el desconsiderado y egoísta, la solución es fácil: lo tira al piso, lo esconde entre los asientos del colectivo o abre la ventanilla y que vuele libre por la calle.
La postura de nosotros, los respetuosos, es que si te comprás un alfajor te estás haciendo cargo de las dos cosas: del alfajor propiamente dicho, y del papelito de porquería. Cuando elegís comprar el afajor, sabés que hay algo bueno y algo malo, y tenés que elegir tomar ambas y tirar el papel a la basura, o no elegir ninguna y no comprarte el maldito alfajor.
El cochino siente que sólo compra lo bueno, y que el papel es algo que no cuenta, que no compró. Así que lo tira a la calle y cree ilusamente que su problema desapareció, que la basura se desintegró y se fue al cielo con Ravi Shankar. El problema que solía tener en la mano, pasa a ser el problema del mundo, y él que -cree- no forma parte del mundo, tiene todo solucionado y se va con la conciencia tranquila a la casa donde reta a uno de sus hijos porque tiene la habitación desordenada.
El problema, entonces, nos cae a nosotros, los respetuosos. Convivimos con la mugre que queda impunemente en la calle, quien espera que algún transeúnte la patee entretenido hasta la casa. Tan sólo por ser respetuosos, tenemos que habitar un mundo que está lleno de rechazos de gente que ni siquiera nos considera.
Por cada tacho de basura, hay una persona respetuosa. Por cada papel en la calle, un cochino.
Es probable que hayan más papeles que tachos, y también es muy problable que hayan más papeles en los tachos que papeles en la calle. Pero los de la calle son más evidentes.
Porque los respetuosos actuamos en las sombras, tratando de que la vida se vea mejor sin que los demás sepan que el secreto está escondido en nuestras mochilas y bolsillos, llenos de papelitos que no pudimos tirar por no encontrar tacho.
Por eso los respetuosos pensamos que estamos solos y que somos los únicos. Porque hacemos todo a escondidas y en secreto, como si fuésemos magos que no revelan el truco. Porque a nosotros nos gusta que los demás piensen que la vida es así, felíz, limpia y hermosa y que no conlleva ningún esfuerzo.
Quizás deberíamos construir una isla de basura con todos los papelitos que tenemos en los bolsillos y exiliar a los cochinos a ella, como una nueva Siberia. Y que tengan parques de basura, casas de basura, perros de basura y centros odontológicos de basura.
Y se van a quejar de la basura mientras escupen en el piso. Van a decir "no merezco vivir entre basura proque YO PAGO MIS IMPUESTOS!" y van a hacer piquetes en medio de las avenidas principales gritando "justicia, justicia, justicia!".
Y tienen razón, ellos no merecen vivir entre la basura que ellos mismos tiran.
Nosotros sí, porque nosotros al parecer, no pagamos impuestos.
a las
17:35
5/3/12
Volvemos a la difusión de los respectivos programas
Bueno. Después de la entrada anterior, se me llenó de comentarios el blog, el mail, Twitter y Facebook. Me llamaron de mil lados para hacerme entrevistas y la carta se publicó en muchísimos blogs, portales y diarios.
Les agradezco muchísimo a todos, la verdad es que desde el accidente tuve días bastante malos, y actualmente mi humor está cambiante; paso de estar eufórica a triste, a malhumorada, a enojada.
Tengo la suerte de poder decir que la vida sigue, y éste blog también lo hará.
A partir de ésta semana volveré al humor, a la exageración de la indignación y a mis berrinches que escribo con el objetivo de hacerlos reír, y quizás -con suerte- hacerlos reflexionar un poquito.
A la mayoría de ustedes no los conozco, pero quiero decirles que los quiero mucho, y les agradezco por todo el cariño que me enviaron en estas últimas semanas (y muchos desde antes también!).
Los espero la semana que viene, con una nueva entrada que ojalá los haga reir.
Muchos besos a todos.
Mechi.
PD: ¿Saben qué es lo más loco? Estuve 6 años ocultando que mi nombre era María Laura. ¡Ahora todo mundo lo sabe! =P
Les agradezco muchísimo a todos, la verdad es que desde el accidente tuve días bastante malos, y actualmente mi humor está cambiante; paso de estar eufórica a triste, a malhumorada, a enojada.
Tengo la suerte de poder decir que la vida sigue, y éste blog también lo hará.
A partir de ésta semana volveré al humor, a la exageración de la indignación y a mis berrinches que escribo con el objetivo de hacerlos reír, y quizás -con suerte- hacerlos reflexionar un poquito.
A la mayoría de ustedes no los conozco, pero quiero decirles que los quiero mucho, y les agradezco por todo el cariño que me enviaron en estas últimas semanas (y muchos desde antes también!).
Los espero la semana que viene, con una nueva entrada que ojalá los haga reir.
Muchos besos a todos.
Mechi.
PD: ¿Saben qué es lo más loco? Estuve 6 años ocultando que mi nombre era María Laura. ¡Ahora todo mundo lo sabe! =P
a las
10:19
27/2/12
Carta abierta al Secretario de Transporte
Señor Secretario de Transportes (y funcionarios con rangos superiores):
Soy una usuaria más del tren Sarmiento. Hago el recorrido Once-Moreno todos los días y estuve en el tren que chocó el 22 de febrero pasado. Y quiero contarles que el accidente no me sorprendió.
No sé cuántos artículos se habrán escrito sobre lo mal que se viaja, ni cuantos conductores de TV se subieron a un tren con una cámara, pero hacer una de estas notas ya resulta un cliché.
Yo quiero hablar desde otro punto de vista: el problema es aún más grave que trenes que llegan tarde, se cancelan o la inmensa cantidad de gente que viaja cada día.
El problema es que TBA, quien tiene la concesión del Sarmiento, es una empresa diabólica.
Lo digo porque TBA afecta la personalidad de la gente, causando estragos.
TBA transforma a la gente. Los vuelve psicóticos. Aquella señora que está comprando pan, en el Sarmiento golpea niños para poder sentarse.
Aquel muchacho que toca la guitarra en la esquina, se transforma en un torpedo ingresando en el tren, atropellando a quien sea que esté a su alrededor.
¿Y qué es lo que pasa? TBA le quita el alma a la gente.
Voy a hablar de lo que me pasa a mí, pero estoy segura de que todos los pasajeros del tren se sentirán identificados: Fuera del Sarmiento, soy una persona normal. Me encantan los gatos, abuso del sarcasmo y adoro a los Beatles. Mi trabajo es de ensueño: hago control de calidad de video juegos. Me levanto todos los días temprano, y me voy a la estación de Moreno, mientras mi espíritu se apaga lentamente.
Cuando llego al andén, me siento miserable. El espacio está sucio y repleto de gente, y no hay ningún tren. Mientras más tiempo pasa sin tren en el andén, más siento que la angustia se apodera de mi alma. Porque sé cómo será el viaje.
Cuando llega el tren, siento que somos una manada de cerdos a la que le acaban de echar comida en el platón. El tren llega lleno, porque la gente de las siguientes estaciones que va a Once se toma el tren a Moreno, para asegurarse un asiento cuando ese mismo tren vuelva hacia Once.
Pasamos todos a ser un grupo de miserables que tiene que golpear al prójimo o ser golpeado para entrar.
Mi manera de pensar no me permite golpear a nadie y por eso todas las mañanas recibo golpes, tirones de pelo, pisadas, y alguna que otra vez tirones en la ropa que me la terminan rompiendo.
Todo esto para conseguir un asiento o un lugar más o menos cómodo en un tren sucio, con olor a pis, ventanas que no abren o no cierran, o directamente sin ventanas, cables hacia afuera, ningún extinguidor ni tacho de basura, chispas que salen de las ruedas, ventiladores no andan, los pisos rotos con los que la gente se tropieza. Hay agujeros en el suelo y en los fuelles, y podemos viajar mirando las vías.
Los pasajeros tenemos horarios que cumplir, y a TBA no le importa porque ni siquiera cumple los suyos. Perdemos presentismo y premios cuando TBA quiere.
El Sarmiento es lo más putrefacto de la sociedad. Todas las inmundicias que rodean el mundo se concentran homogéneamente en cada vagón.
El tren es una sociedad en la que cada ser es perfectamente egoísta y agresivo, en la que la avivada criolla es una virtud respetada y admirada. Una sociedad donde está bien golpear a cualquier persona que esté cerca nuestro, con tal de sentarnos.
He visto a adultos golpear y empujar bebés. Y cuando termina la salvajada, la gente se ríe. Porque, claro -dicen ellos- "si no te lo tomás con humor, vas a vivir angustiado".
Pero no culpo a la gente, no. Culpo a TBA, quien con su manejo del transporte público nos enseñó que si no te sentás en el tren viajás tan pero tan mal que te queda doliendo todo hasta el día siguiente. Nos enseñó que si no empujás al que está al lado tuyo, él te va a empujar y lastimar a vos. Nos enseñó que es una guerra y que tenés que matar o morir.
Llegué al punto de llorar todos los días en el andén. ¿Saben por qué? Porque TBA es una máquina succionadora de almas. Ellos nos tratan como basura, y nosotros asumimos ese rol aceptando viajar en las repugnantes condiciones en las que viajamos. He llegado a creer que TBA es el mismísimo Demonio.
Y yo me bajo en cualquier andén y lloro. Lloro casi todos los días. Porque si hay algo que TBA no me va a quitar, es el alma. Yo aún tengo la mía y sufro, y lloro. Y me alegra llorar porque significa que todavía siento. Significa que no estoy dispuesta a perderla, así como pierdo mi dignidad cada vez que me subo al andén.
Y hoy lloro porque TBA nos quitó los cuerpos de 51 personas que viajaban conmigo. Sus últimos momentos de vida lo pasaron despojados de su dignidad y personalidad. Murieron siendo un número más de animales sin importancia, como somos todos cuando viajamos.
TBA nos está matando, y ustedes no hacen nada para evitarlo. Le entregaron unos hermosos trenes de dos pisos, que fue como entregarle un Ferrari a un nene de 5 años para que juegue.
Le dieron algo maravilloso a una empresa que es tan incapaz de resolver problemas que yo ya no me sorprendo con las cosas que veo.
Doy unos ejemplos:
Problema: Por alguna razón a la gente se le ocurrió que en furgón se puede fumar, y hay tanto humo que la gente se ahoga y no puede respirar.
Solución de TBA: Sacarle las ventanas a los furgones para que salga el humo.
Problema: La gente no paga el boleto.
Solución de TBA: Amenazar con una multa si no tienen boleto a la salida, pero liberar todos los molinetes y tener a dos guardas que en lugar de revisar los boletos, revisan sus mensajes de texto.
Problema: La gente no quiere salir de un tren que se canceló sin explicaciones.
Solución de TBA: Mandar un par de empleados de TBA a que insulten a la gente, les chisten y les digan "fuera, fuera, fuera" como si fueran perros para que se vayan.
Si TBA fuese un doctor, curaría las fracturas expuestas con apósitos adhesivos.
Lo que pasó ese miércoles no nos soprendió a ninguno. Lo primero que pensé fue "ufff, ¿y ahora qué pasó?".
Lucas Menghini viajaba en el mismo vagón que yo. Estaba en una cabina en la que está prohibido estar.
Bah, los pasajeros creemos que está prohibido entrar ahí porque en realidad no hay prohibiciones explícitas. Pero a veces entramos, ¿saben por qué? Porque ahí dentro se viaja muy mal.
Pero afuera se viaja extraordinariamente horrible.
Quisiera que Nilda Garré viaje durante un año en el Sarmiento, a ver si no considera jamás ni por un segundo viajar allí dentro.
No, Lucas no tuvo la culpa.
La culpa la tienen ustedes porque no le dieron otra opción a Lucas. Ni a ninguno de los otros 50 pasajeros fallecidos. ¿Qué hace falta para que hagan algo? El miércoles se les sumaron 51 muertos que ustedes tienen que cargar sobre sus espaldas. Durante el resto de su vida van a sentir ese peso. Como les dije al principio, considero que TBA es el Diablo en persona. Estén seguro de que va a seguir matando gente.
Mis padres me enseñaron a no usar la palabra "odio", porque es una palabra fuerte. Pero se los tengo que decir: Los odio. Los odio por lo que le hicieron a Lucas.
A Lucas Menghini, a los 50 Lucas que murieron en esa tragedia, y a los 40 millones de argentinos que desde el 22 de Febrero de 2012 también nos llamamos Lucas.
Soy una usuaria más del tren Sarmiento. Hago el recorrido Once-Moreno todos los días y estuve en el tren que chocó el 22 de febrero pasado. Y quiero contarles que el accidente no me sorprendió.
No sé cuántos artículos se habrán escrito sobre lo mal que se viaja, ni cuantos conductores de TV se subieron a un tren con una cámara, pero hacer una de estas notas ya resulta un cliché.
Yo quiero hablar desde otro punto de vista: el problema es aún más grave que trenes que llegan tarde, se cancelan o la inmensa cantidad de gente que viaja cada día.
El problema es que TBA, quien tiene la concesión del Sarmiento, es una empresa diabólica.
Lo digo porque TBA afecta la personalidad de la gente, causando estragos.
TBA transforma a la gente. Los vuelve psicóticos. Aquella señora que está comprando pan, en el Sarmiento golpea niños para poder sentarse.
Aquel muchacho que toca la guitarra en la esquina, se transforma en un torpedo ingresando en el tren, atropellando a quien sea que esté a su alrededor.
¿Y qué es lo que pasa? TBA le quita el alma a la gente.
Voy a hablar de lo que me pasa a mí, pero estoy segura de que todos los pasajeros del tren se sentirán identificados: Fuera del Sarmiento, soy una persona normal. Me encantan los gatos, abuso del sarcasmo y adoro a los Beatles. Mi trabajo es de ensueño: hago control de calidad de video juegos. Me levanto todos los días temprano, y me voy a la estación de Moreno, mientras mi espíritu se apaga lentamente.
Cuando llego al andén, me siento miserable. El espacio está sucio y repleto de gente, y no hay ningún tren. Mientras más tiempo pasa sin tren en el andén, más siento que la angustia se apodera de mi alma. Porque sé cómo será el viaje.
Cuando llega el tren, siento que somos una manada de cerdos a la que le acaban de echar comida en el platón. El tren llega lleno, porque la gente de las siguientes estaciones que va a Once se toma el tren a Moreno, para asegurarse un asiento cuando ese mismo tren vuelva hacia Once.
Pasamos todos a ser un grupo de miserables que tiene que golpear al prójimo o ser golpeado para entrar.
Mi manera de pensar no me permite golpear a nadie y por eso todas las mañanas recibo golpes, tirones de pelo, pisadas, y alguna que otra vez tirones en la ropa que me la terminan rompiendo.
Todo esto para conseguir un asiento o un lugar más o menos cómodo en un tren sucio, con olor a pis, ventanas que no abren o no cierran, o directamente sin ventanas, cables hacia afuera, ningún extinguidor ni tacho de basura, chispas que salen de las ruedas, ventiladores no andan, los pisos rotos con los que la gente se tropieza. Hay agujeros en el suelo y en los fuelles, y podemos viajar mirando las vías.
Los pasajeros tenemos horarios que cumplir, y a TBA no le importa porque ni siquiera cumple los suyos. Perdemos presentismo y premios cuando TBA quiere.
El Sarmiento es lo más putrefacto de la sociedad. Todas las inmundicias que rodean el mundo se concentran homogéneamente en cada vagón.
El tren es una sociedad en la que cada ser es perfectamente egoísta y agresivo, en la que la avivada criolla es una virtud respetada y admirada. Una sociedad donde está bien golpear a cualquier persona que esté cerca nuestro, con tal de sentarnos.
He visto a adultos golpear y empujar bebés. Y cuando termina la salvajada, la gente se ríe. Porque, claro -dicen ellos- "si no te lo tomás con humor, vas a vivir angustiado".
Pero no culpo a la gente, no. Culpo a TBA, quien con su manejo del transporte público nos enseñó que si no te sentás en el tren viajás tan pero tan mal que te queda doliendo todo hasta el día siguiente. Nos enseñó que si no empujás al que está al lado tuyo, él te va a empujar y lastimar a vos. Nos enseñó que es una guerra y que tenés que matar o morir.
Llegué al punto de llorar todos los días en el andén. ¿Saben por qué? Porque TBA es una máquina succionadora de almas. Ellos nos tratan como basura, y nosotros asumimos ese rol aceptando viajar en las repugnantes condiciones en las que viajamos. He llegado a creer que TBA es el mismísimo Demonio.
Y yo me bajo en cualquier andén y lloro. Lloro casi todos los días. Porque si hay algo que TBA no me va a quitar, es el alma. Yo aún tengo la mía y sufro, y lloro. Y me alegra llorar porque significa que todavía siento. Significa que no estoy dispuesta a perderla, así como pierdo mi dignidad cada vez que me subo al andén.
Y hoy lloro porque TBA nos quitó los cuerpos de 51 personas que viajaban conmigo. Sus últimos momentos de vida lo pasaron despojados de su dignidad y personalidad. Murieron siendo un número más de animales sin importancia, como somos todos cuando viajamos.
TBA nos está matando, y ustedes no hacen nada para evitarlo. Le entregaron unos hermosos trenes de dos pisos, que fue como entregarle un Ferrari a un nene de 5 años para que juegue.
Le dieron algo maravilloso a una empresa que es tan incapaz de resolver problemas que yo ya no me sorprendo con las cosas que veo.
Doy unos ejemplos:
Problema: Por alguna razón a la gente se le ocurrió que en furgón se puede fumar, y hay tanto humo que la gente se ahoga y no puede respirar.
Solución de TBA: Sacarle las ventanas a los furgones para que salga el humo.
Problema: La gente no paga el boleto.
Solución de TBA: Amenazar con una multa si no tienen boleto a la salida, pero liberar todos los molinetes y tener a dos guardas que en lugar de revisar los boletos, revisan sus mensajes de texto.
Problema: La gente no quiere salir de un tren que se canceló sin explicaciones.
Solución de TBA: Mandar un par de empleados de TBA a que insulten a la gente, les chisten y les digan "fuera, fuera, fuera" como si fueran perros para que se vayan.
Si TBA fuese un doctor, curaría las fracturas expuestas con apósitos adhesivos.
Lo que pasó ese miércoles no nos soprendió a ninguno. Lo primero que pensé fue "ufff, ¿y ahora qué pasó?".
Lucas Menghini viajaba en el mismo vagón que yo. Estaba en una cabina en la que está prohibido estar.
Bah, los pasajeros creemos que está prohibido entrar ahí porque en realidad no hay prohibiciones explícitas. Pero a veces entramos, ¿saben por qué? Porque ahí dentro se viaja muy mal.
Pero afuera se viaja extraordinariamente horrible.
Quisiera que Nilda Garré viaje durante un año en el Sarmiento, a ver si no considera jamás ni por un segundo viajar allí dentro.
No, Lucas no tuvo la culpa.
La culpa la tienen ustedes porque no le dieron otra opción a Lucas. Ni a ninguno de los otros 50 pasajeros fallecidos. ¿Qué hace falta para que hagan algo? El miércoles se les sumaron 51 muertos que ustedes tienen que cargar sobre sus espaldas. Durante el resto de su vida van a sentir ese peso. Como les dije al principio, considero que TBA es el Diablo en persona. Estén seguro de que va a seguir matando gente.
Mis padres me enseñaron a no usar la palabra "odio", porque es una palabra fuerte. Pero se los tengo que decir: Los odio. Los odio por lo que le hicieron a Lucas.
A Lucas Menghini, a los 50 Lucas que murieron en esa tragedia, y a los 40 millones de argentinos que desde el 22 de Febrero de 2012 también nos llamamos Lucas.
a las
17:56
22/2/12
Llegué al andén en Moreno temprano a la mañana, y había (como casi siempre) mucha gente y ningún tren.
Pensé que quizás podía tomar el diferencial para no viajar tan mal, así que fui a comprar un boleto; estaban agotados.
Mientras vuelvo al andén normal, un tren se acerca. Veo que el primer vagón está practicamente vacío, y casi entro pero seguí caminando porque el 1er vagón siempre se llena más de gente que el resto de los vagones. Casi entro al 2do, pero era el furgón. Al tercero no subí, porque está justo al lado del furgón y el olor a cigarrillo llega inevitablemente. Así que para viajar con menos olor (nótese que no dije "sin olor") decido subirme al cuarto vagón, donde pude sentarme.
Salió de Moreno lleno de gente, y llegó a Once repletísimo. Uno de los plásticos que cubre el mecanismo de la puerta se salió en el medio del viaje y los pasajeros que estaban al lado de la puerta trataban de sostenerlo para que no lastime a nadie.
Empieza a llegar a Once, y todos hacemos esos arreglos de último minuto antes de salir del tren; nos atamos bien el pelo, guardamos los libros, acomodamos bien la mochila sobre nuestros hombros...
En ese momento de alivio por haber terminado el viaje, el tren hace una frenada muy brusca, y la cara de la gente se transformó: pude ver el terror en sus ojos. Imagínense un grito de horror, como los de las películas. Da escalofríos. Ahora imagínense ese grito multiplicado por 200 personas. Fue horrible.
Al frenazo se le sumó un golpe seco que sacudió todo el vagón y el tren se detuvo. Caí encima de la chica que estaba sentada enfrente mío y no me pasó nada. La gente gritó un poco más y los que pudieron huyeron.
Me fiijé si la chica sobre la que caí estaba bien, y sí, lo estaba. Se levantó y trató de salir.
Traté de ayudar a la gente que estaba caida en los pasillos y era muy difícil. Estaban todos encima de todos y se tornó una tarea bastante dificultosa. Le dimos el asiento a una chica que se golpeó la pierna y lloraba como si no hubiese mañana.
Cuando ví que todos estaban más o menos bien, decidí salir.
Había gente tirada en el piso, llorando, sangrando. Yo que soy una caminadora ligerita, me encontré caminando a paso de tortuga, mirando el desastre; el tercer vagón estaba incrustado en el segundo, el segundo en el primero, y éste último aplastado contra el parachoques del andén.
Llanto de gente por todos lados, gente gritando "HIJOS DE PUTA!" y pensando en golpear al maquinista, sangre (de esa sangre negra y densa), vidrios estallados, y la horrenda sensación de "pude haber estado en cualquiera de estos dos vagones".
Mi odio al cigarrillo me evitó haber sido herida.
Mientras salgo de la estación, un tipo me cuenta que siempre viaja en el primer vagón, y que perdió el tren que chocó, por lo que tomó el tren siguiente que llegó unos minutos después del choque. No puedo describir la mirada que tenía en su rostro.
Me fui a tomar el colectivo mientras aún temblaba, y llegué a mi trabajo. Desde aquí estoy escribiendo esto, todavía un poco conmocionada.
¿Se dan cuenta de que ponemos nuestras vidas en las manos de estos irresponsables todos los días?
Pensé que quizás podía tomar el diferencial para no viajar tan mal, así que fui a comprar un boleto; estaban agotados.
Mientras vuelvo al andén normal, un tren se acerca. Veo que el primer vagón está practicamente vacío, y casi entro pero seguí caminando porque el 1er vagón siempre se llena más de gente que el resto de los vagones. Casi entro al 2do, pero era el furgón. Al tercero no subí, porque está justo al lado del furgón y el olor a cigarrillo llega inevitablemente. Así que para viajar con menos olor (nótese que no dije "sin olor") decido subirme al cuarto vagón, donde pude sentarme.
Salió de Moreno lleno de gente, y llegó a Once repletísimo. Uno de los plásticos que cubre el mecanismo de la puerta se salió en el medio del viaje y los pasajeros que estaban al lado de la puerta trataban de sostenerlo para que no lastime a nadie.
Empieza a llegar a Once, y todos hacemos esos arreglos de último minuto antes de salir del tren; nos atamos bien el pelo, guardamos los libros, acomodamos bien la mochila sobre nuestros hombros...
En ese momento de alivio por haber terminado el viaje, el tren hace una frenada muy brusca, y la cara de la gente se transformó: pude ver el terror en sus ojos. Imagínense un grito de horror, como los de las películas. Da escalofríos. Ahora imagínense ese grito multiplicado por 200 personas. Fue horrible.
Al frenazo se le sumó un golpe seco que sacudió todo el vagón y el tren se detuvo. Caí encima de la chica que estaba sentada enfrente mío y no me pasó nada. La gente gritó un poco más y los que pudieron huyeron.
Me fiijé si la chica sobre la que caí estaba bien, y sí, lo estaba. Se levantó y trató de salir.
Traté de ayudar a la gente que estaba caida en los pasillos y era muy difícil. Estaban todos encima de todos y se tornó una tarea bastante dificultosa. Le dimos el asiento a una chica que se golpeó la pierna y lloraba como si no hubiese mañana.
Cuando ví que todos estaban más o menos bien, decidí salir.
Había gente tirada en el piso, llorando, sangrando. Yo que soy una caminadora ligerita, me encontré caminando a paso de tortuga, mirando el desastre; el tercer vagón estaba incrustado en el segundo, el segundo en el primero, y éste último aplastado contra el parachoques del andén.
Llanto de gente por todos lados, gente gritando "HIJOS DE PUTA!" y pensando en golpear al maquinista, sangre (de esa sangre negra y densa), vidrios estallados, y la horrenda sensación de "pude haber estado en cualquiera de estos dos vagones".
Mi odio al cigarrillo me evitó haber sido herida.
Mientras salgo de la estación, un tipo me cuenta que siempre viaja en el primer vagón, y que perdió el tren que chocó, por lo que tomó el tren siguiente que llegó unos minutos después del choque. No puedo describir la mirada que tenía en su rostro.
Me fui a tomar el colectivo mientras aún temblaba, y llegué a mi trabajo. Desde aquí estoy escribiendo esto, todavía un poco conmocionada.
¿Se dan cuenta de que ponemos nuestras vidas en las manos de estos irresponsables todos los días?
a las
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