8/3/10

Mal humor

Si bien uno siempre trata de no caer en el mal humor, en Capital eso es inevitable.
Es que en Capital, perder 10 minutos significa perder media hora. En mi caso, ya que debo tomar el tren que me lleva de vuelta hasta Moreno, significa que si tardo 10 minutos más, podría llegar tarde a la estación de tren, lo que significaría estar hasta cerca de las 8 de la noche en horario pico.
Por eso uno tiene que ir corriendo, empujar a otros y hacer lo posible para ir adelante de todos. Por supuesto, uno no es el único que corre, empuja y codea, así que es inevitable salir herido.
Entre las heridas, los gritos, cuidar que no te roben el bolso, la cumbia sonando en todos lados, la contaminación audiovisual presente en cada rincón de Capital.... uno no puede evitar sentir cierto mal humor. Si a eso uno le suma que en la oficina de uno hay despidos, reuniones sindicales, charlas con los jefes por problemas con algunos empleados (y todo esto habiendo trabajado sólo un mes)... el mal humor toma control sobre el cuerpo de uno, transformándole la cara en una expresión que familiarmente nos gusta llamar "de orrrrrto".
Llegando a Moreno en el tren, luego de arreglármelas con la interrupción de la línea de subte en la que estaba viajando, de mal humor, cansada y enojada, un señor se levanta de su asiento, comiendo un helado de palito. Me mira y me sonríe. Yo le hago un gesto con la cabeza, casi sin ganas. Me mira, y con los ojos me dice "¿por qué tenés esa cara?". Le contesto "mal día". El hombre me sonríe y me dice con empatía "¿mal día?", asiento con la cabeza. Me sonríe, y se baja en Paso del Rey, no sin decirme "Suerte!".
Esa pavada me reanimó. Es increíble como una pequeña buena acción de una persona, puede revertir las malas acciones de muchas personas.

Luego, por supuesto, viajé en el colectivo con un viejo que tosía cada 5 segundos, y volví de mal humor a casa.